
AGENCIA MANACORNOTICIAS 20/10/2026 - 19:53:00 | ![]() ![]() |

![]() | Tampoco hace falta ser socialista para oponerse al fascismo, del mismo modo que no hace falta ser liberal para defender la libertad o conservador para defender determinadas tradiciones. |
Opinión: La tolerancia ha muerto: fascistas, comunistas y el negocio de dividirnos Milán, 20 de octubre de 2026. Estoy tutorizando una investigación vinculada a ACNUR, Naciones Unidas, sobre personas refugiadas y solicitantes de asilo. Estamos trabajando también con la mirada puesta en los posibles escenarios del próximo año y en la situación de quienes podrían necesitar protección internacional por motivos de persecución, entre ellos personas homosexuales, mujeres que sufren violencia y otros colectivos especialmente vulnerables. La cuestión de si España garantizará una evaluación adecuada de estas solicitudes, atendiendo a las circunstancias particulares de cada persona, no es precisamente menor. Detrás de cada expediente hay una vida, una historia y, en ocasiones, un riesgo real para la propia integridad. Y, mientras trabajo en cuestiones relacionadas con los derechos humanos, la protección internacional y la vulnerabilidad de quienes se ven obligados a abandonar sus hogares, me encuentro con otro debate que, sinceramente, creía que a estas alturas tendríamos bastante más superado.
Cada vez que aparece una noticia sobre Vito Quiles, sus seguidores, su repercusión mediática o sus métodos periodísticos, vuelvo a preguntarme qué estamos premiando como sociedad. ¿Estamos premiando el rigor, la investigación y el contraste de fuentes o estamos convirtiendo la provocación permanente en un modelo de negocio? Porque una cosa es el periodismo y otra muy distinta es utilizar la confrontación como combustible, convertir cada polémica en contenido y vivir de una audiencia que crece al mismo ritmo que la crispación. Hay algo profundamente triste en esa dinámica. La notoriedad no equivale a la credibilidad, los seguidores no certifican la calidad de una información y la capacidad de provocar indignación no convierte a nadie en un buen periodista. Confundir el éxito mediático con la solvencia profesional es como confundir el ruido con la música. Y, aunque algunas de sus actuaciones me produzcan una mezcla de vergüenza ajena y auténtico agotamiento, quizá también convenga dejar un pequeño espacio para la compasión. No hace falta desearle ningún mal a nadie. Como dirían los monjes budistas, mandémosle luz. Ojalá algún día encuentre una forma de hacer su trabajo que no dependa de alimentar permanentemente el enfrentamiento, y descubra que se puede tener una voz pública sin convertir la deshumanización del adversario en un espectáculo.
Quizá ese cambio empiece por rebelarse contra la propia dinámica que le proporciona atención. Nunca es tarde para revisar el rumbo, aunque hacerlo implique renunciar a una parte del aplauso fácil. En fin, intentemos no perder del todo la esperanza en la capacidad humana para cambiar. 1Hace unos días, Vito Quiles anunció que finalmente no celebraría el acto que había anunciado en la Universitat Autònoma de Barcelona. A partir de ahí, algunos titulares han vuelto a sacar la misma conclusión de siempre. Los progresistas somos unos intolerantes porque no toleramos las ideas fascistas, nazis o eugenésicas. Y aquí es donde empieza el problema. Porque antes de repartir etiquetas, quizá deberíamos detenernos un momento y pensar qué estamos diciendo exactamente. Recordemos qué es la eugenesia. Se trata de un conjunto de doctrinas y prácticas que pretendían mejorar la población mediante la selección de características hereditarias. Bajo una supuesta justificación científica, sirvió para legitimar esterilizaciones forzosas, discriminación y políticas de exclusión contra personas consideradas «inferiores» o indeseables. El nazismo llevó estas ideas hasta sus últimas consecuencias, con la persecución sistemática y el asesinato de millones de personas. No estamos hablando, por tanto, de una simple discrepancia política. Estamos hablando de ideologías que, en determinadas expresiones históricas, llegaron a negar el derecho a vivir en igualdad de condiciones a personas por su origen, religión, discapacidad u otras características.
Y conviene no olvidar que el exterminio de determinados grupos, cuando concurren los requisitos jurídicos correspondientes, constituye genocidio. Entonces, ¿qué se supone que tenemos que hacer? ¿Tolerarlo todo? ¿Aceptar que alguien defienda la persecución de otras personas y considerar intolerante a quien se opone? Como decía Karl Popper al formular su conocida paradoja de la tolerancia, una sociedad ilimitadamente tolerante corre el riesgo de acabar destruida por quienes utilizan esa tolerancia para acabar con ella. Y no, eso no significa que debamos prohibir cualquier idea que nos moleste. Significa que hay una diferencia bastante evidente entre permitir que alguien piense de forma diferente y aceptar que se pretenda eliminar a quienes son diferentes. Parece de sexto de Primaria, pero, por lo visto, no todo el mundo ha llegado a ese nivel de reflexión ética. Y la mala noticia es que estas personas también votan. Algunas tienen hijos, ocupan puestos de responsabilidad, trabajan en la educación o incluso participan directamente en política. La edad, los títulos y los cargos no garantizan el pensamiento crítico, por mucho que a veces nos guste creer lo contrario. La cuestión es bastante sencilla. Si defiendes que una persona debe ser perseguida o eliminada por su orientación sexual, su religión, su origen o su discapacidad, ¿por qué debería considerarse intolerante a quien se opone a semejante planteamiento? ¿Dónde está exactamente la intolerancia? ¿En quien pretende negar los derechos de los demás o en quien defiende que esos derechos deben protegerse? La pescadilla que se muerde la cola. Y aquí conviene aclarar otra cosa.
El socialismo, como tradición política, no es el protagonista de este debate. Tampoco hace falta ser socialista para oponerse al fascismo, del mismo modo que no hace falta ser liberal para defender la libertad o conservador para defender determinadas tradiciones. Estamos hablando de principios democráticos, no de repartir carnés ideológicos. Además, si queremos ser coherentes, debemos aplicar el mismo criterio a todas las corrientes políticas. Los regímenes comunistas autoritarios que concentraron el poder, persiguieron a sus opositores y eliminaron libertades fundamentales merecen exactamente el mismo análisis crítico. No basta con cambiar la bandera o el color de la consigna para convertir la represión en algo aceptable. El comunismo reúne tradiciones muy diferentes, desde propuestas teóricas de emancipación social hasta experiencias históricas de partido único que terminaron en dictaduras y graves violaciones de derechos humanos. El anarquismo, por su parte, comprende corrientes diversas que cuestionan el poder estatal y proponen otras formas de organización social. No son lo mismo, ni todas sus expresiones históricas han tenido los mismos resultados. Pero cualquier proyecto político debe responder a una pregunta fundamental: ¿cómo pretende organizar la sociedad, garantizar los derechos y resolver los conflictos sin terminar imponiendo su voluntad por la fuerza? Una utopía puede resultar atractiva sobre el papel y convertirse en una distopía cuando quienes prometen una sociedad perfecta se arrogan el derecho de decidir quién sobra en ella.
Y cuando el paraíso prometido necesita censura, persecuciones y cárceles para mantenerse en pie, quizá ha llegado el momento de revisar el proyecto. La historia demuestra que las buenas intenciones declaradas no bastan para justificar los resultados. Ni el fascismo se convierte en aceptable por invocar la patria, ni la represión se convierte en emancipadora por invocar la revolución. Los derechos humanos no deberían depender de quién tenga el poder ni de la ideología con la que pretenda justificar sus decisiones. Pero volvamos al debate que nos ocupa. Porque lo que estamos viendo es algo bastante habitual. En lugar de discutir los argumentos, se etiqueta a las personas. En lugar de analizar qué defiende una ideología, se acusa a quien se opone a ella de ser un intolerante, un «woke» o cualquier otra cosa que permita evitar la cuestión de fondo. Y eso, sinceramente, es un vómito emocional, no una argumentación sólida. Se puede discrepar, por supuesto. Se puede defender una posición radical, cuestionar las instituciones y criticar cualquier corriente política. Lo que no se puede hacer es sustituir permanentemente la razón por la descalificación y pretender que, por haber gritado más fuerte, se ha demostrado algo. Hay una expresión que resume bastante bien esta dinámica. «Divide y vencerás». Se enfrentan a las personas, se fabrican bandos irreconciliables y se consigue que cada cual termine defendiendo a los suyos incluso cuando no tiene argumentos para hacerlo.
El debate deja de girar en torno a las ideas y se convierte en una competición para ver quién insulta mejor al adversario. Y tú, cuando entras en esa dinámica y conviertes una cuestión de principios en un ataque personal, has caído como una mosca. Porque ese es precisamente el negocio de la polarización. Que dejemos de pensar, que reaccionemos por impulso y que acabemos convencidos de que cualquier persona que no pertenezca a nuestro bando es un enemigo. Mientras nosotros discutimos, otros aprovechan el enfrentamiento para ganar atención, influencia o poder. 3Si seguimos por ese camino, vamos directos a lo contrario de la convivencia. Vamos hacia una sociedad cada vez más fragmentada, en la que cualquier desacuerdo se convierte en una guerra y cualquier diferencia en una amenaza. Y cuando se pierde la capacidad de dialogar, lo que queda es la confrontación permanente. El siglo XX debería habernos enseñado algo. Las grandes tragedias no aparecieron de la noche a la mañana. Hubo propaganda, deshumanización, persecución, radicalización y personas convencidas de que aquello nunca les afectaría a ellas. Hubo quienes pensaron que el problema era de otros, que las consecuencias no llegarían a sus familias o que podían jugar con el fuego sin quemarse.
Y, sin embargo, las consecuencias llegaron a familias enteras, a generaciones y a sociedades que tardaron décadas en reconstruirse. No podemos afirmar que cualquier conflicto político vaya a desembocar necesariamente en una tragedia, pero sí deberíamos haber aprendido que normalizar la deshumanización y la violencia tiene consecuencias. Nuestras familias tampoco están al margen de la historia. Ni nosotros. Creer que somos demasiado modernos, demasiado civilizados o demasiado inteligentes para repetir los errores del pasado es una forma bastante peligrosa de ignorancia. A veces, por no conocer la historia o por pensar que nunca volverá a suceder, terminamos contribuyendo a crear las condiciones para que se repita. Por eso, antes de repartir etiquetas, convendría recuperar algo tan elemental como la capacidad de razonar. No todo lo que nos incomoda debe prohibirse. No toda opinión radical es un delito. Pero tampoco todo puede justificarse apelando a la libertad de expresión. Y aquí entramos en una cuestión que no es solamente ideológica, sino también jurídica. La Constitución española reconoce la igualdad ante la ley y prohíbe la discriminación en su artículo 14. El artículo 15 protege la vida y la integridad física y moral. El artículo 16 garantiza la libertad ideológica y religiosa, y el artículo 20 protege la libertad de expresión. El artículo 21 reconoce el derecho de reunión pacífica, mientras que el artículo 22 regula el derecho de asociación y establece límites para aquellas asociaciones que persigan fines o utilicen medios tipificados como delito.
El Código Penal contempla delitos relacionados con la incitación al odio, la hostilidad, la discriminación o la violencia, así como conductas vinculadas al genocidio. Esto no significa que cualquier expresión fascista constituya automáticamente un delito, ni que cualquier convocatoria controvertida pueda prohibirse por razones ideológicas. La legalidad debe examinarse a partir de los hechos, de las circunstancias y de las normas aplicables. En el ámbito europeo, el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea recoge los valores de dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de derecho y respeto de los derechos humanos. La Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea protege, entre otros, la dignidad humana, la libertad de expresión, la igualdad y la no discriminación. En el ámbito internacional, la Carta de las Naciones Unidas, la 4 Declaración Universal de Derechos Humanos y la Convención para la Prevención y laSanción del Delito de Genocidio establecen principios y obligaciones fundamentales para la protección de la dignidad y los derechos humanos. Por tanto, no estamos hablando únicamente de simpatías políticas. Estamos hablando de un marco jurídico y ético que establece derechos, libertades y límites. Si un acto requiere una comunicación o autorización conforme a la normativa aplicable y no cumple los requisitos exigidos, habrá que examinar las consecuencias legales correspondientes. Si una convocatoria vulnera derechos o incurre en conductas tipificadas como delito, deberán actuar los mecanismos previstos por la ley. Y si alguien decide manifestarse pacíficamente contra esa convocatoria, también habrá que respetar sus derechos.
El criterio debe ser el mismo para todos, independientemente de si hablamos de extrema derecha o de extrema izquierda. No es una cuestión de quién nos cae mejor, sino de qué se propone, qué se hace y qué consecuencias tiene para los derechos de los demás. La democracia no consiste en permitirlo absolutamente todo. Tampoco consiste en prohibir todo aquello que nos desagrada. Consiste en garantizar que podamos convivir en libertad e igualdad, sin que nadie tenga que renunciar a su dignidad para que otra persona pueda ejercer la suya. Por eso, oponerse al fascismo no exige ser socialista. Rechazar el nazismo no exige pertenecer a una corriente política determinada. Y condenar los totalitarismos tampoco debería impedirnos denunciar los abusos cometidos por quienes dicen combatirlos. La libertad de expresión no es un cheque en blanco para negar la libertad ajena. El pluralismo no significa que todas las propuestas sean compatibles con una democracia. Y la tolerancia no obliga a permanecer impasibles ante la persecución de otras personas. Quizá el problema no sea que la tolerancia haya muerto. Quizá el problema sea que algunos han confundido la tolerancia con la indiferencia, la libertad con la ausencia de límites y el pluralismo con la obligación de aceptar cualquier cosa. Mientras tanto, el negocio de dividirnos continúa.
Unos etiquetan, otros responden con más etiquetas y todos terminamos atrapados en la misma espiral. Mucho ruido, poca reflexión y una preocupante incapacidad para distinguir entre discutir una idea y negar los derechos de una persona. La pregunta final es bastante sencilla. ¿Queremos una sociedad en la que las diferencias puedan convivir o una en la que cada grupo aspire a imponerse sobre los demás? Porque la tolerancia no consiste en tolerar sin límites a quienes pretenden acabar con ella. Consiste en proteger las condiciones que hacen posible la convivencia. Y si no somos capaces de entender esa diferencia, quizá el problema no sea que nos falte libertad, sino que hemos olvidado para qué sirve. Divide y vencerás. La cuestión es si vamos a seguir cayendo en la trampa o si, de una vez, vamos a empezar a pensar por nosotros mismos.
Autor Justí Soriano Caldentey • Grado en Humanidades (Universitat Oberta de Catalunya, UOC). • Grado en Relaciones Internacionales (Universitat Oberta de Catalunya, UOC). • Máster en Filosofías para los Retos Contemporáneos (Universitat Oberta de Catalunya, UOC). • Máster en Filosofías del Cuidado (Universitat Autònoma de Barcelona y Universitat de Girona). • Máster en Retórica y Oratoria, en curso (Universidad Internacional de La Rioja, UNIR). • Posgrado en Neurocomunicación y Oratoria (Universitat de Vic, UVic-UCC). • Dirección y Gestión de Proyectos (Universitat Oberta de Catalunya, UOC). • Mediación, acreditación como mediador (Ministerio de Justicia). • Estudios en Género y Sexualidad (Universidad de Copenhague). • Estudios en Psiquiatría y Antropología (Universidad de Copenhague). • Otros complementos formativos en distintas instituciones y países. Su trayectoria incluye experiencia docente, mediación, participación asociativa, dirección de proyectos e iniciativas vinculadas a la juventud y los derechos humanos. Participa como mentor en iniciativas de Naciones Unidas y desarrolla intereses académicos en las humanidades, la ética y la ciencia política.


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